El ladrillo, descrito de forma poética como «la célula de las construcciones», es uno de los materiales más nobles y antiguos de la humanidad. Su historia se remonta a más de 7.000 años, pero su proceso de elaboración no se ha quedado estancado en el pasado. Un ejemplo de esta evolución es Ladrillera Alcarraza, una empresa antioqueña ubicada en el corregimiento Manzanillo de Itagüí, que recientemente celebró sus 38 años de existencia combinando tradición, tecnología y una fuerte apuesta por la sostenibilidad.
En una reciente entrevista en el programa Estrategia TV de la Cámara de Comercio Aburrá Sur, Luis Bernardo Valderrama Siegert, gerente y fundador de la empresa, y Luisa Fernanda Pineda, directora de administración y ventas, compartieron cómo una compañía nacida de un riesgo audaz en 1988 se ha convertido en un pilar del desarrollo urbano y la economía circular en el Valle de Aburrá.
De la greda pura a la economía circular
Históricamente, las ladrilleras del Valle de Aburrá se asentaron en el occidente por la alta calidad de sus arcillas. Con esos materiales originarios se construyeron obras icónicas, como la Catedral Metropolitana, utilizando pesados ladrillos macizos.
Sin embargo, a medida que los recursos mineros puros comenzaron a agotarse, la industria tuvo que reinventarse. Hoy, Ladrillera Alcarraza opera bajo un modelo de economía circular. ¿Cómo lo logran?
- Reciclaje de tierras: Entre el 80% y el 90% de su materia prima proviene de tierras limpias rescatadas de otras construcciones de la ciudad, dándole una segunda vida a escombros que de otro modo serían un problema ambiental. Esta tierra se deja «envinagrar» (reposar) por años y luego se mezcla con un pequeño porcentaje (10%) de arcilla pura traída de Amagá para darle estabilidad.
- Cero desperdicios: Los ladrillos que se fisuran durante el secado vuelven a la tierra. Si un ladrillo ya quemado se quiebra, se tritura en un molino de martillos hasta convertirse en chamote (tamaño arena), reintegrándose al proceso productivo.
El proceso: De tierra a ladrillo en 40 horas
Fabricar un ladrillo es una mezcla exacta de tiempo, maquinaria y paciencia. El ciclo en Ladrillera Alcarraza es un testimonio de eficiencia industrial:
- Preparación y molienda: Las tierras recicladas y la arcilla de Amagá se mezclan y limpian de piedras.
- Extrusión y corte: En cuestión de una hora, la tierra pasa por la máquina extrusora al vacío, saliendo como un bloque continuo de arcilla compacta que luego es cortado a la medida.
- Secado (22 horas): Los ladrillos entran a un cuarto de secado a unos 80°C. Si la humedad sale muy rápido y la contracción es brusca, el ladrillo se fisura. Es una etapa de extrema precisión.
- Cocción en el horno (16 a 20 horas): Las vagonetas llevan el material a hornos de alta tecnología donde adquieren su resistencia final.
Apenas 4 horas después de salir del horno, ese pedazo de tierra reciclada ya está montado en un camión, listo para convertirse en la pared de un nuevo hogar. En un día normal, la planta produce cerca de 100 toneladas de ladrillo quemado (unas 3.000 toneladas al mes).

Rentabilidad energética y cuidado del aire
La sostenibilidad no se limita a la materia prima. Las antiguas chimeneas que solían llenar de humo el cielo antioqueño han evolucionado. Gracias al cumplimiento de estrictas normas ambientales, la adaptación de los hornos y sistemas de filtración modernos, Ladrillera Alcarraza ha sido galardonada con la distinción Pacto por la Calidad del Aire de Medellín y el reconocimiento Distinción Vida de Corantioquia.
Dando un paso más hacia el futuro, la empresa instaló recientemente un sistema de paneles solares, una inversión de rentabilidad energética proyectada para suplir el 40% del consumo eléctrico de sus operaciones comerciales e industriales.
¿Lo más difícil?
Mantener una empresa durante casi cuatro décadas no es tarea fácil. Ladrillera Alcarraza ha sobrevivido a etapas oscuras: la violencia de los años 90 en el sector de Los Gómez, la crisis del UPAC a finales de siglo que casi los lleva a la quiebra, y más recientemente, la pandemia. Paradójicamente, la crisis sanitaria se convirtió en un motor de crecimiento: al estar confinados, los ciudadanos impulsaron una ola de remodelaciones que disparó la demanda de materiales de construcción.



